retrato de Sarmiento

“Facundo”: el poder de la seducción y la seducción del poder

por Ana María Fioravanti  Ana María Fioravanti

Resumen

El presente trabajo propone la visión del Facundo como obra emblemática de Sarmiento, en la que se manifiesta cómo opera el poder de seducción a través de su palabra y cómo esa palabra es empuñada al modo de una espada fundacional de la nación. Una espada que, combate tras combate, separará el trigo de la cizaña, la civilización de la barbarie, y permitirá a su autor abrirse camino con la habilidad del rastreador, del baqueano y del gaucho malo también, por qué no, en la ardua travesía de la pampa.

Se trata, en primer lugar, de explorar cómo Sarmiento logra seducir a los hombres de su tiempo, ¡incluyendo a Rosas!, y también seducirnos a nosotros, convencernos, atraernos, con su palabra fogosa y guerrera. Y, en segundo lugar, de cómo más tarde se deja seducir él mismo por las redes del poder político y cae prisionero en ellas, hasta el punto de convertirse en aquello que decía combatir, según veremos a través de los testimonios de Alberdi, José Hernández y los escritos del propio Sarmiento.

Palabras clave: civilización, barbarie, seducción, poder, nación.

I. Contexto de publicación

Sarmiento escribió su Facundo en un contexto que se podría resumir en el título de un libro  de Tulio Halperín Donghi (1980): Una nación para el desierto argentino. Un desierto, de acuerdo con la mirada de “algunos argentinos cuya única arma política era su superior clarividencia” (p. 7), donde fuera posible realizar un proyecto que lo convirtiera en un país organizado según concepciones tan diferentes que hacían permanente el estado de guerra en la acción y en las ideas. De hecho, Sarmiento ni siquiera habitaba este “desierto” al que daba vida en el Facundo, en forma de folletín durante su exilio en Chile, adonde debió recalar, huyendo de los apaleos de la Mazorca en 1840. Pero antes, al pasar por una localidad de San Juan que lleva a Chile, escribió con carbón estas palabras en francés: “On ne tue point les idées”, que atribuye a Fortoul y que Sarmiento no traduce literalmente: “Las ideas no se matan”, sino a su modo grandilocuente y apasionado: “A los hombres se degüella; a las ideas, no”. No eran simples palabras dichas por otro. Era un acto de rebeldía, una protesta que, además de ser efectista, ponía la debida distancia entre él, que sabía (gracias a su clarividencia y esfuerzo personal), y los que no sabían, los ignorantes, los bárbaros, que desde el gobierno debieron enviar a una comisión capaz de “descifrar el jeroglífico” (Sarmiento, 2000, p. 24). Dice Lucila Pagliai (2012), que la mención de este hecho, se transformará en una insignia y lo “reescribirá cada vez que calce en algún relato de su vida” (p. 38). Por su parte, Piglia (2012) agrega que ese relato, más que ningún otro,  da cuenta de la situación de la literatura argentina en un momento inaugural (p. 95). La prisa de esa huida también se refleja en la versión apurada de un Shakespeare en francés (Un cheval! Vite un cheval!, en lugar de citarlo en inglés o traducirlo al castellano: ¡Un caballo! ¡Rápido, un caballo!). Esa urgencia representa, además, el sello de la prisa con que se vio obligado a realizar las entregas diarias del Facundo a causa de una visita oficial que haría el representante de Rosas ante el gobierno chileno.

Con ese texto, Sarmiento se proponía dos objetivos centrales: 1) debía no solo justificarse a sí mismo, sino justificar también a todos los exiliados que luchaban por la libertad poniendo en riesgo la vida; 2) obtener el reconocimiento de sus elevadas cualidades y promover sus ambiciones políticas hasta alcanzar el más alto grado en el ámbito del poder. Las variaciones que introdujo en los títulos, agregados, supresiones, aclaraciones, traducciones y auspicios de personas prestigiosas con posiciones de jerarquía en las diferentes ediciones de esta obra en castellano de 1845, 1851, 1868 y 1874, serán el testimonio de su cumplimiento.    

II. Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte… para que te levantes

En efecto, como dice Borges (1974) al comienzo de la última estrofa de su poema El general Quiroga va en coche al muere: “Ya muerto, ya de pie, ya inmortal…”, el caudillo riojano, tras haber sido asesinado en Barranca Yaco, se pone de pie, se vuelve inmortal. Ya no en el infierno que Dios le había marcado, sino por obra y gracia del genial demiurgo  Sarmiento. El poder de seducción literaria con que presenta al Tigre de los Llanos no ha podido ser igualada hasta ahora. Ha levantado a Facundo Quiroga de entre los muertos con fuerza y pasión tan soberbias que seguirá vivo mientras haya un lector y un ejemplar del Facundo a su disposición. Eso es innegable y basta con leer el libro para saber que no hay otro Facundo que pueda siquiera acercarse al poderoso, enérgico, dinámico, inolvidable, Facundo de Sarmiento. Como bien apunta Pagliai (2012), el poder seductor y el valor de esta obra fue reconocida por el propio Rosas: “El libro del loco Sarmiento es de lo mejor que se ha escrito contra mí; así es como se ataca, señor, así es como se ataca”. También por el historiador Pedro de Angelis: “Esto se mueve, es la pampa; el pasto hace ondas, agitado por el aire; se siente el olor a las yerbas amargas” (p. 63). Y así lo reconocen el jurisconsulto Ferrera, que la consideró el arma que habría de conducir a Rosas “al cadalso” (p. 64), y Alberdi, que la juzgó “la mejor de las obras firmadas por Sarmiento” (p. 59). Algo de lo que Sarmiento era plenamente consciente y de lo cual se jactaba sin reparo en una carta dirigida al hijo de Florencio Varela en 1887: “Todo esto para decirle que una obra de literatura puede más que los ejércitos, y que el Facundo pintando, con los colores del pincel literario, la barbarie de Rosas, conmovió la opinión del mundo y trajo su caída” (p. 64).

III. El poder de la seducción

El secreto que debía revelar Facundo al levantarse del ensangrentado polvo de sus cenizas era que no había muerto y que aún vivía en las tradiciones del pueblo, en la política y, de modo especial y perfeccionado, en Rosas. La barbarie provinciana y el coraje de Facundo se convertían en sistema y especulación con Rosas, quien, sin embargo, había nacido en la civilizada Buenos Aires, la Tebas del Plata, donde “el Esfinge Argentino, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas” (p. 26). En menos de dos renglones un retrato poderoso, en el que mezcla recias imágenes de la Grecia antigua (Tebas, Esfinge) con los ecos del Himno Nacional (“y a sus plantas rendido un león”). Así, Sarmiento se manifiesta como un hijo del Romanticismo, pura pasión, impulso, influencia del paisaje, mesianismo, expresión exaltada del sentimiento (en una sola página, se pueden encontrar cantidades de signos de exclamación e interrogación). Pero también hijo del realismo y su variante naturalista, para la cual el origen geográfico, racial, genético y social determina en gran medida las características y el comportamiento de los individuos. Una variante que considera necesarias la denuncia y la crítica de las condiciones sociales para transformarlas. No obstante su admiración por Echeverría, el sanjuanino le criticaba la inutilidad de su esfuerzo por mostrar a los europeos la majestuosidad del desierto argentino a través de la belleza de su poesía. Por sublime que ella fuera, resultaba infructuosa e ineficaz si se satisfacía únicamente con una actitud contemplativa. A Sarmiento le importaba la acción y, en especial, la acción por venir. Para él, como diría el poeta español Gabriel Celaya (1911 – 1991), “la poesía es un arma cargada de futuro”, cuyas palabras “son gritos en el cielo, y en la tierra son actos”.

Como señala Sandra Contreras (2012), mientras Echeverría mira el Río de la Plata y “se detiene en su contemplación”, Sarmiento lo pone en movimiento y muestra “todo lo que todavía no hay”: ciudades que brotan, astilleros que atruenan, vapores que jaspean el aire, naves que se apiñan a la entrada de los docks (p. 69). De ahí que aun en la descripción de la pampa, de la civilización y de la barbarie y de los personajes típicamente argentinos, Sarmiento apelará siempre a los modos de la creación poética y a sus variados recursos, imágenes sensoriales, metáforas, comparaciones, oxímoron, sinécdoques, metonimias, personificaciones, de manera tal que el lector vea, oiga, palpe, sienta y se mueva al ritmo de su palabra, acompañando el vértigo de lo que esa palabra puso en marcha y el despliegue irresistible de su poder de seducción.

IV. Civilización y barbarie

El movimiento constituye lo propio de de la civilización. El estancamiento, lo propio de la barbarie. Dos fuerzas inconciliables condenadas a vivir en guerra permanente hasta que alguna de ellas sea aniquilada.

El legado de barbarie indígena y gauchesca se vinculaba con las tradiciones de una España siempre “rezagada” y “unida a la culta Europa por un ancho istmo y separada del África bárbara por un angosto estrecho” (Sarmiento, 2000, pp. 27-28).

Le tocó a Facundo Quiroga encarnar ese legado. Es él “el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de sus historia” (p. 34); es él quien

comienzo-citas “(…) enlaza y eslabona todos los elementos de desorden que hasta antes de su aparición estaban agitándose aisladamente en cada provincia; él hace de la guerra local la guerra nacional argentina, y presenta triunfante, al fin de diez años de trabajos, de devastaciones y combates, el resultado de que sólo pudo aprovecharse el que lo asesinó.” (p. 34).

Extensión, infinitud, dones y riquezas ilimitados, ríos navegables, llanuras fértiles, variedad de climas, selvas, bosques, toda esa prodigalidad, el gaucho la desdeña. Lo que podría ser fuente de progreso y abundancia se ignora, se abandona como “elemento muerto” (p. 41). Solo Buenos Aires, por su posición privilegiada, “fuera ya la Babilonia americana si el espíritu de la pampa no hubiese soplado sobre ella” y si las provincias, en venganza de su “política estúpida y colonial”, no le hubiesen preparado a Rosas (pp. 42-43). Según Sarmiento, la naturaleza del territorio es “tan central y unitaria” que la federación era  imposible y que Rosas se vio obligado a establecer el sistema unitario aun sin quererlo: “Nosotros, empero, queríamos la unidad en la civilización y en la libertad, y se nos ha dado la unidad en la barbarie y en la esclavitud” (p. 43).

V. La seducción del poder

Junto a las lecturas laudatorias del Facundo mencionadas en el apartado II, las hubo también reprobatorias, algunas más benévolas y otras directamente condenatorias, sin desmedro del reconocimiento de las cualidades estéticas de la obra.

En las notas al libro que, a pedido de Sarmiento y con toda dedicación, Valentín Alsina se tomó el trabajo de hacer, le hizo algunas advertencias acerca de las exageraciones, prodigios e imprecisiones, de las cuales vale la pena citar algunos:

comienzo-citas “Vd. no se propone escribir un romance, ni una epopeya, sino una verdadera historia social, política y hasta militar á veces, de un periodo interesantísimo de la época contemporánea. Siendo así, forsoso es no separarse en un ápice — en cuanto sea posible — de la exactitud y rigidez histórica; y à esto se oponen las exageraciones.” (Alsina, nota 2, 55 – 19, MDM).

Alsina, con razón, atribuyó tales exageraciones a la propensión de Sarmiento a construir sistemas, y para lograrlo no le importaba amplificar, desfigurar, generalizar de modo que sus afirmaciones encuadraran dentro del sistema y desechar, por verdadero que fuese, aquello que le impidiera coronarlo.

En cuanto al uso de hipérboles para explicar prodigios, son más propios de algún cuento fantástico de Borges que de la realidad histórica:

comienzo-citas “En aquel momento (vaya Vd. contando las hipérboles), ha recorrido en su mente diez mil estancias de la pampa ha visto y examinado todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, colores, señales particulares, y convencídose de que no hay ninguno que tenga una estrella en la paleta.” (Nota 2, 55 – 19).

Y un último ejemplo referido a las imprecisiones:

comienzo-citas “eran otros tantos bandidos comandantes” …
— Pancho, envenenado por Rosas, no era comandante, sino coronel de un cuerpo veterano (blandengues., de Bahía blanca). Celarrayan, su sucesor, idem; ninguno de los dos era bandido, y aun Celarrayan, que más bien era hombre decente, murió de resultas de la conspiración en que estaba, contra el tirano. (Nota 4, 67 – 9)

Si la crítica de Alsina es amistosa y comprensiva, Dalmacio Vélez Sarsfield asegura que “el Facundo mentira siempre sería superior al Facundo verdad” (Pagliai, 2012, p. 56).

Pero el crítico que caló más hondo en las intenciones y conductas de Sarmiento fue, sin duda, Juan Bautista Alberdi. Si bien Contreras (2012) considera que ni Alsina ni Alberdi advierten que

comienzo-citas “Sarmiento estaba creando una forma de escritura tanto más histórica cuanto que, más allá de «la verdad que da y enseña la historia», procuraba «hablar a la imaginación» y «arrastrarla a contemplar» la vida y las pasiones que se agitan en los grandes momentos de la historia.” (p. 92).

Parece más aceptable la interpretación de Pagliai (2012), que coincide con la de Alberdi, según la cual Sarmiento “siempre cuenta con el Facundo como engranaje renovado de la maquinaria política” (p. 41) a la que debía recurrir para poder entregarse sin culpa ni reparos a la seducción del poder. En efecto, Alberdi desarticula cada una de sus trampas, como la de jugar con la firma a la inglesa de su traductora, escribiendo Mrs. Horace Mann, que cualquier lector desprevenido confundiría con el reconocido educador que era su marido; poner el título Campaña en el Ejército Grande, en lugar de Campaña del Ejército Grande, para aparecer como protagonista; acomodarse según su conveniencia a las circunstancias, incitando desde los periódicos a la guerra de exterminio de los pueblos pastores y a la nefasta guerra contra Paraguay; valerse de los favores de influyentes amigos extranjeros de Estados Unidos y de Europa; su deslealtad con Urquiza, etcétera. Así lo desenmascara el autor de las Bases: “Por diez años usted ha sido el soldado de la prensa; un escritor de guerra, de combate. En sus manos la pluma fue una espada, no una antorcha (…). Todos sus últimos escritos son de simple política personal” (Pagliai, 2012, p. 56, nota al pie). Para Alberdi, no habría república posible a menos que “el país haya adquirido una estructura económica y social comparable a la de las naciones que han creado y son capaces de conservar ese sistema institucional” (Halperín Donghi, 1980, p. 16). Para Sarmiento, en cambio, la violencia era vista como expresión de las pasiones humanas, del combate político y cultural, y podía emplearla sin piedad, como lo hizo con el Chacho Peñaloza, a quien mandó ejecutar, ya indefenso y prisionero. Baste citar estas tremendas palabras de José Hernández para comprender cuánto se parecían los enemigos y cómo los dicterios que Sarmiento empleaba para denostar a gauchos y caudillos se volvían ahora contra él:

comienzo-citas «Los salvajes unitarios están de fiesta […]. El general Peñaloza ha sido degollado […]. Y su cabeza ha sido conducida como prueba de buen desempeño del asesino, al bárbaro Sarmiento. El partido que invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cosiéndolos a puñaladas.» (citado en Pagliai, 2012, p. 46).

La seducción del poder había vencido y, con ella, Buenos Aires nuevamente. Con ella, Sarmiento, otro tigre, un tigre “civilizado”, se había vuelto más bárbaro y sanguinario que los otros, según Alberdi. La realización de su “sistema” debía silenciar otras voces: el desierto, para ocultar o hacer desaparecer a los habitantes originarios de la tierra; la barbarie, para borrar las diferentes culturas; y las ideas, no matarlas siempre y cuando coincidieran con las propiaspunto final_it8x12


 bibliografia Referencias bibliográficas

Alsina, V. (1938). Notas al libro Civilización y barbarie  (notas 1, 2, 3, 4 y 51, Montevideo, 1850). En Sarmiento D. F., Facundo, edición crítica y documentada, prólogo de Alberto Palcos. Universidad Nacional de La Plata.

Borges, J. L. (1974). Luna de enfrente. En Obras Completas (1923-1972). Buenos Aires: Emecé.

Celaya G. La poesía es un  arma cargada de futuro. Recuperado de http://www.poesi.as/gcel5500.htm

Contreras, S. (2012). Facundo: la forma de la narración. En Jitrik, Noé (director). Historia crítica de la literatura argentina. Sarmiento.  Tomo 4 (directora del tomo: Adriana Amante). Buenos Aires: Emecé.

Halperín Donghi, T. (1980). Una nación para el desierto argentino (Prólogo). En Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880). Compilación, Prólogo y Cronología. Caracas: Biblioteca Ayacucho.

Pagliai, L. (2012). Facundo: la historia del libro en vida de Sarmiento. En Jitrik, Noé (director). Historia crítica de la literatura argentina. Sarmiento.  Tomo 4 (directora del tomo: Adriana Amante). Buenos Aires: Emecé.

Piglia, R. (2012). Notas sobre Facundo. En Jitrik, Noé (director). Historia crítica de la literatura argentina. Sarmiento.  Tomo 4 (directora del tomo: Adriana Amante). Buenos Aires: Emecé.

Sarmiento, D. (2000). Facundo o Civilización y barbarie en las pampas argentinas. Buenos Aires: Editorial Planeta De Agostini, Biblioteca La Nación (Emecé, 1999).

¿Cómo citar este artículo?

Fioravanti, A. M. (2016). Facundo: el poder de la seducción y la seducción del poder. Sociales y Virtuales, 3(3). Recuperado de  http://socialesyvirtuales.web.unq.edu.ar/dossier/dossier-literatura-argentina/facundo-el-poder-de-la-seduccion-y-la-seduccion-del-poder/


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