El hombre no tan enfermo de Europa

La fortaleza diplomática del Imperio otomano en la primera mitad del siglo XIX (1798-1841)[1]

por Roberto Rodríguez Flores   

Resumen

El presente trabajo analiza una de las aristas más notables del proceso de decadencia del Imperio otomano: sus relaciones internacionales. Abarcando un largo período que va desde la invasión napoleónica de Egipto hasta la resolución de la guerra de Crimea, estudiamos las relaciones que las potencias europeas entablaron entre sí con respecto a la cuestión oriental y con la propia Sublime Porte. Dicho análisis da la posibilidad de apreciar no solo la creciente debilidad (principalmente militar) del hombre enfermo de Europa, sino también su notoria habilidad para articular e instrumentar, en función de su propia supervivencia, los contradictorios intereses del resto de las potencias y su propia posición geoestratégica con relación a estos.

Palabras clave: Medio Oriente, relaciones internacionales, imperialismo, diplomacia.

Introducción

Durante su período de expansión, en el que su poderío militar llegó a no tener rival (fundamentalmente en el siglo xvi), el Imperio otomano se abstuvo de participar en el sistema estatal europeo, el cual apenas iniciaba su estructuración (Hurewitz, 1961, pp. 145-146). Para los gobernantes turcos, este unilateralismo era, en el plano material, un sistema que funcionaba (y que, por ende, no había necesidad de cambiar, y menos si esto implicaba asumir compromisos) y, en el simbólico, una muestra de superioridad. Esta también se presumía restringiendo la permanencia de los diplomáticos europeos en Estambul solo al reinado del sultán que los invitase, y llevando a cabo negociaciones únicamente en territorios cercanos al trono y en idioma turco (Hurewitz, 1961, p. 147).

Pero la Paz de Karlowitz (1699) llegaría para formalizar la primera victoria de importancia de los europeos sobre los otomanos. Estos últimos se verían obligados así a negociar, aunque estas instancias se darían generalmente en momentos de debilidad y raramente de superioridad (Hurewitz, 1961, p. 145). Recién bajo el mandato del Sultán Selim III se comenzaría a implementar la diplomacia recíproca (1793) (Hurewitz, 1961, p. 145), dentro de la fase que se conoce como la decadencia del Imperio otomano (Shaw, 1976), en la que este fue crecientemente incapaz de hacer frente amenazas a externas (principalmente provenientes de Rusia, Francia y Austria), pero también internas (entre las cuales se destacan los intentos separatistas balcánicos).

Estas amenazas a menudo se concretaban en la pérdida de territorios por parte del llamado hombre enfermo de Europa, y se retroalimentaban debido a que mientras algunas potencias europeas veían en el apoyo a las intentonas separatistas una posibilidad de ampliar sus esferas de influencia (a veces, incluso, sin entrar en un conflicto directo), las fuerzas separatistas veían en las guerras que enfrentaban a los otomanos con las primeras una posibilidad de levantarse contra un enemigo debilitado. Sin embargo, en el concierto europeo no existía una posición unánime en cuanto a cómo actuar con respecto al debilitado Imperio otomano, y coyunturalmente las potencias europeas se dividían en dos bandos.

Uno de estos era el que tendía a buscar la preservación de la soberanía otomana, el otro, el que perseguía su desmembramiento. La problemática, que pronto pasó a denominarse la cuestión oriental, encontró a menudo a Gran Bretaña en el primer bando y a Rusia, Austria y, en menor medida, Francia, en el segundo. No obstante, los alineamientos comportaban un dinamismo notable cuyo motor eran las crecientes contradicciones en los intereses de estas potencias en la región. Asimismo, la principal motivación de las potencias que buscaban evitar el desguace del Imperio otomano (insistimos, coyunturalmente) fue limitar los avances de sus “pares” que pudiesen poner en peligro sus intereses estratégicos, por lo cual ciertos avances, ya sea porque fueran irrelevantes con respecto a estos últimos o porque fueran pactados, podían ser llevados a cabo sin despertar más que tibias condenas.

Por su parte, los gobernantes otomanos fueron capaces de compensar su creciente debilidad militar (relativa con respecto a otras potencias) con una hábil diplomacia que adaptaron al sistema estatal europeo, al cual fueron los primeros gobernantes no-cristianos en integrarse (Hurewitz, 1961, p. 141), y al dinamismo de los cambiantes intereses del resto de sus integrantes. Así, estos se envolvieron en un dinámico sistema de alianzas que supo instrumentar oportunamente para afrontar amenazas internas y externas, en el cual los británicos[2], quienes actuaban en función de la proximidad otomana a su principal ruta hacia sus dominios indios y a sus posesiones petrolíferas iraníes, se convirtieron en su socio privilegiado.

Sin embargo, los turcos también demostraron poder olvidar viejas rivalidades y llegaron a aliarse incluso con sus tradicionales rivales rusos cuando el contexto lo demandó. Además, estos supieron evitar comprometer su soberanía al momento de retribuir la asistencia prestada por una u otra potencia instrumentando los contradictorios intereses de sus pares, los cuales podían verse amenazados por una excesiva concesión a un rival. Así fue que, paradójicamente, los intereses de las potencias europeas se convirtieron a menudo en el fundamento último de la preservación del Imperio otomano.

En el presente trabajo se relevan acontecimientos de suma importancia respecto a la cuestión oriental, a los cuales interpretaremos de forma crítica en función de dar cuenta de las debilidades y fortalezas que presentó el Imperio otomano en sus relaciones internacionales a lo largo de la primera mitad del siglo xix. Tomaremos como casos de estudio tres episodios críticos: la participación otomana en las guerras napoleónicas, el conflicto egipcio-otomano, vinculado estrechamente a la Guerra de Independencia Griega y la Guerra de Crimea.

Las fuentes utilizadas para el análisis se clasifican, principalmente, en dos grupos. El primero es el de los acuerdos diplomáticos en relación a la cuestión oriental, signados tanto por las potencias europeas como por el Imperio otomano. Estos se encuentran en la compilación elaborada por Hurewitz (1956) de tratados diplomáticos euro-medio orientales. El segundo es el de las apreciaciones de los funcionarios británicos respecto de la problemática otomana, cubiertas propiamente por uno de ellos, el parlamentario conservador John Marriot (1917).

Las guerras napoleónicas (1798-1812[3])

Las políticas de Napoleón para el Cercano Oriente explican en gran parte el colapso último de su imponente imperio (Hurewitz, 1956, p. 61)

En 1797 Napoleón Bonaparte escribía en una carta al Directorio “hagámonos dueños tanto del Adriático como del Levante. Es inútil intentar mantener el Imperio Turco” (Marriott, 1917, p. 149). El 12 de abril de 1798 el Directorio francés emitía un decreto que inauguraba la Campaña de Egipto al mando de Napoleón Bonaparte, instruyendo la captura del Istmo de Suez para poder asegurarle a la República francesa “la libre y exclusiva posesión del Mar Rojo” (Hurewitz, 1956, p. 61), con el objetivo de dar un duro golpe a las rutas de comunicación de la metrópoli británica con sus dominios en la India. Por otra parte, la invasión de sus dominios egipcios introdujo al Imperio otomano a las llamadas “guerras napoleónicas” e introdujo fuertes cambios en los alineamientos diplomáticos de este (Shaw, 1976, p. 268).

Los franceses lograron desembarcar con escasa resistencia y, después de algunas batallas, se hicieron con el control del Delta. No obstante, los Mamelucos se habían replegado exitosamente hacia el sur del país, donde comenzaron a organizar la resistencia junto a las tribus beduinas. Asimismo, el Sultán Selim, al tanto de la ferviente actividad francesa en los Balcanes, buscaba, ya poco antes de la invasión, una nueva alianza con el Imperio ruso y el Imperio británico. El apoyo de los navíos de este último le permitió poner un decisivo freno a las tropas napoleónicas en Acre (23 de marzo-21 de mayo, 1799) que, combinado con la destrucción de la flota francesa a manos del vicealmirante Nelson en Abukir (1 de agosto, 1798), aislaría y sellaría la suerte de la Campaña de Egipto y Siria (Shaw, 1976, p. 268).

Napoleón dejaría el mando de la entonces condenada campaña al general Kléber, quien sería asesinado poco después (14 de junio, 1800). Este sería sucedido por Abdullah Jacques Menou quien, después de un breve intento de establecer una colonia francesa en Egipto, se rendiría ante una fuerza expedicionaria otomano-británica y evacuaría sus tropas del país (Shaw, 1976, p. 269). Asimismo, el gobierno turco le permitiría a la flota rusa (su tradicional enemiga[4]) del Mar Negro pasar por los Estrechos (Hurewitz, 1956, p. 65) para unirse a la flota otomana en campañas conjuntas contra los franceses en el mar Adriático, expulsando a estos de las islas Jónicas (noviembre de 1798). 

Neutralizados los franceses de los dominios otomanos en Egipto y en el Adriático, los desacuerdos entre la Triple Alianza florecieron nuevamente. Los turcos rápidamente buscaron limitar la presencia rusa en el Adriático, y particularmente en las islas Jónicas, lo cual lograron en una convención conjunta (21 de marzo, 1800). Los británicos, por su parte, se lanzaron a apoyar a una de las facciones mamelucas en Egipto, donde los turcos prefirieron apoyar a Mohamed Ali, en función de restaurar su dominio directo en el país (Shaw, 1976, p. 270).

Así, el sultán Selim ensayaría un nuevo acercamiento a los franceses en los acuerdos de paz y amistad de 1802 que restauraron los “derechos, prerrogativas y privilegios disfrutados” (Hurewitz, 1956, p. 72) por estos últimos antes de la guerra. De esta forma, los otomanos le otorgaban a los franceses una presencia en el mar Negro que era útil no solo a los fines de distender las relaciones con estos, sino también a los de presionar a los rusos, quienes alentaban disensiones en las familias notables del este de la Anatolia (entre Trabzon y Bursa) (Shaw, 1976, p. 270) y en los Balcanes (Marriott, 1917, p. 155). 

Selim se sirvió entonces del apoyo francés, pero también del británico (mucho más discreto, dados sus alineamientos en la Tercera Coalición), en función de fortalecer su imperio ante la amenaza rusa, al tiempo que evitó cualquier acción extrema que pudiese desembocar en una guerra abierta (Shaw, 1976, p. 271). No obstante, mantener el equilibrio de fuerzas era cada vez más difícil. En 1805, ante las presiones británicas y austríacas, el sultán debió negarse a reconocer a Napoleón Bonaparte como emperador, quien en consecuencia rompió relaciones con los otomanos y los obligó a aceptar una alianza con los rusos que les dio enormes prerrogativas sobre los Estrechos Turcos (Hurewitz, 1956, pp. 72-77). 

Sin embargo, poco después, las victorias francesas sobre los ejércitos rusos y austríacos convencieron a los otomanos de reconocer al nuevo emperador galo. Asimismo, las presiones británicas al gobierno otomano para que acabase con la influencia francesa en sus dominios y permitiese el paso de naves rusas por los Estrechos Turcos (como estipulaba su tratado de alianza vigente), se hicieron inaceptables cuando las tropas napoleónicas obtuvieron una contundente victoria en Jena (Shaw, 1976, p. 272). El Imperio ruso decidió así invadir rápidamente Moldavia a fines de 1806, y el Imperio británico entró también a la nueva conflagración para apoyar a su aliado, movilizando su flota a través del Dardanelos.

Selim entonces entabló negociaciones con los británicos, al tiempo que fortificó Estambul para afrontar cualquier amenaza con la ayuda de ingenieros franceses (Marriott, 1917, pp. 157-158). Listas las defensas, el sultán rechazó abiertamente las ofertas aliadas y buscó una alianza con los franceses, lo cual obligó a la flota británica a volver al Mediterráneo (lo cual logró con sustanciales bajas) para evitar quedar atrapada ante un eventual bloqueo del Dardanelos (3 de marzo, 1807). Esta se dirigió a Egipto, buscando establecer un gobierno de sus aliados mamelucos bajo su influencia, pero estos ya habían sido destruidos por Muhammad Ali en nombre del sultán  (Shaw, 1976, p. 273). 

A su vez, este último empleaba exitosamente las intrigas para dividir y desarticular la resistencia serbia en los Balcanes, a la cual había dejado previamente actuar en contra de los Jenízaros, de quienes buscaba deshacerse, por considerarlos un obstáculo a sus esfuerzos reformistas (Marriott, 1917, pp. 162-164). Sin embargo, una conspiración conservadora dentro del Imperio que incluía a estos últimos terminaría por deponer (y más tarde, por dar muerte) a Selim III, el “más liberal de los tradicionalistas reformistas” (Shaw, 1976, p. 274), para reemplazarlo por su primo, Mustafa IV.

Mientras tanto, Napoleón infringía una dura derrota a Alejandro en Friedland (14 de junio, 1807). En consecuencia, los rusos y los franceses firmaban el Tratado de Tilsit, en el cual estos abandonaban, respectivamente, a sus aliados británicos y otomanos. Estos últimos, a pesar de su disgusto por no haber sido consultados, terminaron por aceptar la mediación francesa en función de que Rusia termine con su presencia en Moldavia y Valaquia y con su apoyo a los rebeldes serbios (21 de marzo, 1808) (Shaw, 1976, p. 275). No obstante, solo los otomanos terminaron por cumplir su parte, y los rusos mantuvieron su presencia en los principados.

Ante el acercamiento ruso-francés, los otomanos acordaron con los británicos (quienes también buscaban evitar eventuales avances de estos en la región) restituirles sus privilegios legales y comerciales previos, a cambio de que estos se comprometiesen a evacuar las tropas que todavía mantenían en sus dominios y a proteger la integridad de su imperio ante la amenaza francesa (Shaw & Shaw, 1977, p. 13). Así, la Guerra anglo-turca llegó a un fin y, anticipando a la Convención de Londres para los Estrechos, se instituyó que el Bósforo y el Dardanelos quedasen cerrados para toda nave de guerra en tiempos de paz.

Finalmente, alienados del apoyo británico y con crecientes tensiones con sus otrora aliados franceses (que meses después los invadirían), los rusos fueron presionados por los otomanos para acordar la paz. Así, en el Tratado de Bucarest (28 de mayo, 1812) el Sultán Mahmut II lograba, a pesar de la relativa debilidad militar de su imperio, limitar las conquistas territoriales rusas a Besarabia (recuperando Valaquia y el resto de Moldavia) y terminar con el apoyo que hasta entonces recibían los rebeldes serbios a cambio de vagas promesas de autonomía y amnistía para estos últimos (Marriott, 1917, pp. 169-170). 

Las turbulentas guerras napoleónicas terminan para el Imperio otomano con pérdidas territoriales mínimas (al menos nominalmente), mientras que aquel que había pronosticado, poco antes de su entrada en la guerra, su inminente desintegración era desalojado de su imperio y perdía su botín en manos de la coalición que lo había vencido, que se apresuraba a repartírselo.

De la independencia griega a la primera guerra con Mohamed Ali de Egipto (1821-1841)

En 1821 Alexander Ipsilanti y John Capodistrias, ambos miembros de familias fanariotas[5], intentaron organizar un levantamiento en Moldavia y Valaquia para distraer a las fuerzas otomanas de la revolución que preparaban en Grecia. Intentando ganarse a la población local, los líderes aseguraban que el Zar Alejandro intervendría para apoyar el movimiento. Sin embargo, no solo la primera se mostró poco interesada en unírseles, sino que el segundo reaccionó agriamente expulsando a Ipsilanti de su ejército (en el cual servía), rehusándose a prestar apoyo y habilitando la intervención del Sultán Mahmut II para aplastar el movimiento[6] (Shaw & Shaw, 1977, p. 17).

No obstante, los conspiradores lograrían iniciar una revuelta en la Morea en marzo de 1821 aprovechando un conflicto entre el Sultán Mahmut y su subordinado, el Pachá Ali de Yánina (Shaw & Shaw, 1977, p. 18). Si bien el movimiento se expandiría rápidamente, solo en esta península resistiría la posterior represión. Para lidiar con este allí, el sultán vio necesario solicitar la asistencia de su gobernador en Egipto, Mohamed Ali, quien había ganado prestigio suprimiendo a la disidencia wahabita en Arabia. Para abril de 1826, sus fuerzas habían avanzado ya sobre Creta, Morea (febrero, 1825) y Mesolongi (abril, 1826) (Shaw & Shaw, 1977, p. 19).

Sin embargo, el Zar Nicolás se mostró mucho más ansioso que su antecesor en reanudar las hostilidades con los otomanos, para lo cual la situación griega aparecía como una buena oportunidad. Los británicos, buscando evitar que solo los rusos sacasen provecho de la esta, presionaron a estos para trazar una política común junto con los franceses que concluyó en el Tratado de Londres (6 de julio, 1827) (Shaw & Shaw, 1977, p. 30), que antecedió su ataque a la flota egipcio-otomana en Navarino. El sultán, lejos de inhibirse, declaró una Guerra Santa (20 de diciembre, 1827), a la que el zar se unió entusiasmado, avanzando con sus tropas en el este de la Anatolia y en Moldavia, y otorgando un fuerte apoyo armamentístico a los griegos (Shaw & Shaw, 1977, p. 30).

El imparable avance ruso, que llegó hasta Edirne, obligó finalmente a los otomanos a concluir una paz con enormes concesiones (14 de septiembre de 1829) (Shaw & Shaw, 1977, p. 32). Además, en 1830 los otomanos perderían definitivamente Grecia (3 de febrero) y Argelia (5 de julio), y se verían obligados a ampliar la autonomía de Serbia (29 de agosto). En la primera, ante la presión de las potencias, las fuerzas egipcias habían sido retiradas por su gobernador (Shaw & Shaw, 1977, p. 32). Este quedaba así privado de la gobernación de Morea, que le había sido ofrecida junto a la de Creta (Shaw & Shaw, 1977, p. 18), la cual ahora le representaba más costos que beneficios (dado el constante estado de revuelta).

El repliegue de fuerzas no fue consultado al sultán por parte de su gobernador, quien además se había rehusado a enviar tropas para la guerra con Rusia (Shaw & Shaw, 1977, p. 32). Por ello, la solicitud de este último para que le sea cedida la gobernación de Siria fue vista por su superior como una auténtica amenaza. Y no estaba equivocado: un conflicto con el gobernador de Acre se convirtió en el pretexto para la ocupación de esta, pero también del resto de Siria (Shaw & Shaw, 1977, p. 33). Las fuerzas enviadas por el sultán en marzo de 1832 para castigar a su vasallo rebelde fueron fácilmente derrotadas por este, cuyo ejército, dirigido por su hijo Ibrahim, se encontraba para febrero de 1833 ya en Kutahya (Shaw & Shaw, 1977, p. 33).

Ya el 25 de diciembre de 1832 el Sultán Mahmut, ante la falta de respuesta de los británicos y los franceses a su pedido de asistencia, había aceptado una misión militar rusa que preparase el arribo de tropas de ese país (p. 33). Dados los posteriores avances del Pachá Ibrahim, este acordó la entrada de estas últimas a través de los Principados, acompañadas por una flota que ancló en el Bósforo (20 de febrero, 1833) (Marriott, 1917, p. 209). Alarmados, los embajadores británicos y franceses en Estambul instaron al sultán a expulsar a las fuerzas rusas y a ceder Siria a Mohamed Alí, al tiempo que amenazaron a este con bloquear sus costas y retirarle la asistencia militar francesa (Shaw & Shaw, 1977, p. 34).

Finalmente, el gobernador de Egipto acordó la paz con los representantes del sultán, poniendo Creta bajo su dominio y Damasco, Alepo y Cidde bajo el de su hijo (Shaw & Shaw, 1977, p. 34). En el marco de este conflicto el Imperio ruso y el Imperio otomano pactaron el polémico Tratado de Unkiar Skelessi. Mediante este ambos entablaban una alianza defensiva y ratificaban acuerdos previos, mientras que una disposición secreta permitía a los rusos requerir a los otomanos el cierre del Estrecho de Dardanelos a buques de guerra extranjeros (Hurewitz, 1956, pp. 118-119). Los franceses y los británicos no tardaron en protestar ante esta “creciente influencia rusa”, a pesar de que las provisiones pactadas no iban mucho más allá que otras anteriores que los involucraban tanto a ellos como a los rusos (Shaw & Shaw, 1977, p. 34).

Intentos de Mohamed Alí de reducir su tributo anual al gobierno central y el descontento de la población siria ante las medidas de gobierno de su hijo Ibrahim precipitarían un nuevo conflicto egipcio-otomano en 1834, que no obstante fue evitado por la intervención anglo-rusa en mayo de ese año (Shaw & Shaw, 1977, p. 50). Cuatro años después, declaraciones independentistas por parte del Pachá egipcio reavivarían nuevamente las tensiones. Ante estas, el Sultán resolvió estrechar sus lazos con los británicos mediante la Convención de Balta Liman (Agosto de 1838), en la cual a su vez puso en jaque el monopolio comercial del Pachá rebelde sobre sus dominios (Hurewitz, 1956, pp. 110-111).

Así, el Sultán Mahmud se lanzó a la reconquista de Siria en 1839, a pesar de los intentos de las potencias por disuadirlo. La empresa resultaría desastrosa, pero el apoyo militar y diplomático de Rusia, Prusia, Austria y Gran Bretaña, pactado en la Convención de Londres de 1840 (Hurewitz, 1956, pp. 116-119), permitiría a su sucesor, Abdülmecit I, obtener una aplastante victoria sobre su vasallo rebelde, apoyado solo por Francia[7]. Así, la Sublime Puerta recuperaba el control de Siria, Creta y Arabia (Marriott, 1917, p. 216; 218) y mitigaba parcialmente la influencia rusa, mediante la incorporación de otras potencias en calidad de aliadas, a las cuales lograba comprometer en la defensa de su imperio.

Un año después, la presencia rusa sufriría un nuevo golpe con el Tratado de Londres, en el que se acordó que los Estrechos Turcos permaneciesen cerrados a cualquier nave de guerra extranjera siempre que el Imperio otomano no estuviese en guerra (Hurewitz, 1956, p. 123). Marriot sentenciaría al respecto que “Turquía fue salvada tanto de la hostilidad de Mohamed Ali como de la amistad de Rusia” (1917, p. 218). El acuerdo, no obstante, ocurría en un momento en el cual el Zar difícilmente podía cumplir con las obligaciones pactadas en el Tratado de Unkiar Skelessi, dada la existencia de graves problemas políticos y financieros en su imperio (Shaw & Shaw, 1977, p. 56).

Los gobernantes otomanos difícilmente pudieron haber afrontado la cuestión egipcia por sus propios medios, los cuales en el pico de la escalada debieron ser fundamentalmente militares. De hecho, los propios egipcios habían provisto, hasta poco antes del estallido del conflicto, grandes auxilios en materia bélica a sus gobernantes formales. Sin embargo, la Sublime Porte utilizó de forma eficaz el medio más útil y que más resultados inmediatos podía proveerle: la diplomacia[8].

La Guerra de Crimea (1853-1856)

Durante las revoluciones de 1848, el Imperio ruso se dispuso a cumplir de forma activa su rol de “gendarme de Europa”. Así, mientras sus diplomáticos alentaban a los monarcas europeos a rechazar las demandas liberales en su contra, sus tropas se prestaban a disponibilidad para la represión de quienes las levantaban. Tal fue el caso de Hungría y Polonia, cuyos líderes independentistas debieron huir al exilio para evitar ser alcanzados por la represión, terminando muchos de ellos en dominios otomanos (Shaw & Shaw, 1977, p. 135-136). Inmediatamente, el zar Nicolás I exigió la extradición de estos últimos, pero el Sultán Abdulmecit resistió exitosamente la demanda, amparándose en el apoyo británico y francés.

Poco tiempo después, en 1850, el Imperio ruso y el Imperio francés (apoyado por la Europa católica) intensificaron su competencia de privilegios para, respectivamente, sus protegidos ortodoxos y católicos en Palestina (Shaw & Shaw, 1977, p. 137). Como el segundo prevalecía inicialmente (Marriott, 1917, p. 231), los rusos buscaron reforzar su posición buscando el apoyo británico, por medio de un memorando recomendando una política conjunta en 1844 (Hurewitz, 1956, pp. 130-132) y de mensajes del zar al ministro británico para sus dominios en las postrimerías de la guerra (22 de enero-21 de febrero de 1853) (Hurewitz, 1956, pp. 135-141).

A pesar de que las respuestas británicas fueron ambiguas, los rusos creyeron contar con su apoyo y se dispusieron entonces a presionar al sultán con nuevas demandas de privilegios, de las cuales la más gravosa era la de reconocer su derecho a la protección de todos sus súbditos griego-ortodoxos. Entonces, sus supuestos aliados británicos, junto con los franceses, terminaron por alentar al sultán a rechazar de plano las exigencias (marzo, 1853) (Shaw & Shaw, 1977, p. 137). Los otomanos quedaban envueltos, así, en la disputa ruso-francesa por privilegios en sus dominios.

Sin embargo, el conflicto parecía terminar cuando Gran Bretaña y Francia, viéndose en una posición fortalecida por el rechazo del sultán a las exigencias de su par, el zar, decidieron abrir negociaciones en Viena para darle un fin al conflicto prescindiendo de la participación turca (Shaw & Shaw, 1977, p. 137). Este último aspecto del proceso de mediación animaría en los dominios otomanos un resurgimiento del sentimiento anti-ruso que sus gobernantes aprovecharían para “vengarse” por la desestimación de sus intereses (Shaw & Shaw, 1977, p. 138). El objetivo era recuperar el dominio total de los Principados, ocupados por los rusos como “garantía” para hacer cumplir sus demandas.

En octubre de 1853, las fuerzas otomanas se dispusieron a desalojar a las rusas de los Principados (Shaw & Shaw, 1977, p. 138). Los británicos se vieron obligados entonces a movilizar su flota para proteger el territorio otomano y expulsar a los navíos rusos del Mar Negro a Sebastopol, mientras que los rusos rompieron relaciones con ellos y con los franceses, gesto que fue correspondido con la declaración de guerra (3 de enero, 1854). Asimismo, los otomanos lograron que Prusia y Austria, cuyo emperador había recibido recientemente la asistencia del zar para aplastar un levantamiento húngaro en sus dominios (Marriott, 1917, p. 227), compelieran a Rusia a abandonar los Principados (Marriott, 1917, p. 235), permitiéndole a la primera ocuparlos como garante hasta el cese del conflicto (junio, 1854) (Shaw & Shaw, 1977, p. 139).

Sin embargo, las tropas rusas lograron avanzar hasta Kars (junio, 1855), amenazando la Anatolia oriental, la cual debía ser defendida exclusivamente por los otomanos dado el enorme esfuerzo bélico de sus aliados en Crimea (Shaw & Shaw, 1977, p. 139). Asimismo, si bien otomanos y británicos querían continuar la guerra hasta obtener una posición más favorable para negociar, franceses y austríacos presionaban crecientemente para obtener un acuerdo. Así, se terminó por ofrecer a los rusos el respeto de la autonomía de Moldavia, Valaquia y Serbia bajo garantía de las potencias, la mantención del Danubio abierto a todas las naciones y la protección del sultán a los derechos de sus súbditos cristianos (Marriott, 1917, p. 241), todo lo cual aceptaron (25 de febrero, 1856). La decisión del zar, por su parte, estaba fuertemente animada por la entrada de Cerdeña en el bando aliado (26 de enero, 1855) y por la caída de Sebastopol (9 de septiembre, 1855) en las manos de este en 1855 (Marriott, 1917, pp. 242-244).

En la Conferencia de Paz de París de 1856 todos los beligerantes acordarían abandonar los territorios ocupados durante la guerra y garantizar la integridad e independencia del Imperio otomano (Shaw & Shaw, 1977, p. 140). Esta última provisión fue reforzada más tarde por un acuerdo separado de Gran Bretaña, Francia y Austria (15 de abril 1856) en el mismo sentido (Marriott, 1917, p. 242), naturalmente dirigido contra Rusia. A partir de ello, el Sultán Abdülmecit se dispuso a enfocarse en las reformas que se llevaban a cabo bajo el sesgo del Tanzimat, para lo cual contaba con la disponibilidad de miles de refugiados de toda Europa que podían servirle de asesores.

Así, en el conjunto del proceso en el que se insertó la Guerra de Crimea, los gobernantes turcos pasaron de verse arrastrados a un conflicto de intereses entre sus pares europeos a arrastrar a estos últimos a un conflicto bélico abierto que terminó por reducir drásticamente la amenazante presencia rusa en sus dominios. Asimismo, los otomanos obtuvieron en las negociaciones de paz las garantías de protección de Francia, Austria y Gran Bretaña. En su conjunto, ello redundó en un relajamiento de toda una serie de presiones que permitieron reforzar el proceso de reformas internas que constituiría la mayor garantía contra amenazas posible: el fortalecimiento del imperio.

Conclusiones

El ingreso del Imperio otomano al sistema estatal europeo fue una consecuencia de su creciente debilidad. Así, la implementación de la diplomacia recíproca (1793) por parte del Sultán Selim III llegó en un momento en el cual él y sus sucesores iban a depender de ella de forma creciente. A partir de allí acontecen los tres episodios críticos que hemos tomado como casos de estudio en el presente trabajo. En estos, los gobernantes turcos probaron su capacidad de compensar su debilidad militar con un dinámico uso de la diplomacia recíproca que les permitió lidiar con amenazas que difícilmente hubiesen podido enfrentar por sí solos. Además, en ocasiones pudieron incluso comprometer a otras potencias en la defensa de su soberanía.

En el primero de estos episodios, las guerras napoleónicas, los otomanos se enfrentaron a las poderosas fuerzas napoleónicas, que habían llevado al colapso a nada menos que al Sacro Imperio Romano Germánico, logrando expulsarlas de sus dominios egipcios mediante el esfuerzo coordinado con las fuerzas británicas y rusas. Asimismo, posteriormente ensayaron un acercamiento hacia los franceses que les permitió limitar la presencia de sus incómodos ahora exaliados en el Adriático y en Egipto. Luego, los gobernantes turcos aprovecharon un nuevo acercamiento ruso-francés para relajar sus lazos con Francia en favor de Gran Bretaña, poniendo fin a sus tensiones con esta. Y, finalmente, un nuevo cisma entre Rusia y Francia para presionar a esta para negociar la paz en las mejores condiciones posibles.

En el segundo de estos, iniciado con la Guerra de Independencia Griega, los otomanos debieron enfrentarse con la peligrosa insubordinación del Pachá de Egipto, Mohamed Alí. Ante la poca recepción que encontraron sus pedidos de auxilio, el gobierno turco debió aceptar la asistencia rusa, que puso un freno al peligro egipcio, a pesar de que el formal vasallo del sultán había logrado ampliar sus dominios. Estos serían recortados, no obstante, en una nueva contienda en la cual el sultán logró obtener el apoyo no solo de Rusia, sino también de Austria, Prusia y Gran Bretaña. Esta múltiple asistencia también permitió mitigar la crecida influencia del zar sobre el Imperio otomano.

Se lidiaría nuevamente con los rusos en el tercer caso, que inicia con una competencia ruso-francesa por privilegios en la Palestina otomana. En primera instancia, el sultán Abdulmecit I puso freno a las ambiciones de su par ruso, Nicolás I, con apoyo francés y británico. Pero, además, cuando sus aliados intentaron mitigar las tensiones resultantes mediante negociaciones que no los incluyeron, los otomanos tomaron la iniciativa y los arrastraron a una conflagración que sacudiría el mundo. Los prusianos y los austríacos se sumarían poco después al bando aliado. Estos últimos, quienes habían sido asistidos por los rusos en el levantamiento húngaro de 1848, terminarían por aceptar el ofrecimiento turco de ocupar militarmente los Principados durante el conflicto, animados por el recelo ante la eventual presencia de sus “salvadores” en estos. Mediante estas alianzas, los otomanos derrotaron a un enemigo militarmente superior y obtuvieron un refuerzo para su soberanía.

Estos tres grandes procesos bélicos constituyeron auténticos hitos de la cuestión oriental. El Imperio otomano debió participar en estos padeciendo una creciente incapacidad de afrontar amenazas internas y externas –a menudo retroalimentadas– por medios exclusivamente militares. Ante ello, sus gobernantes turcos instrumentaron hábilmente la diplomacia. Paradójicamente, los intereses de sus pares europeos en sus dominios y, principalmente, sus contradicciones, se volvieron una salvaguarda de la soberanía otomana. La diplomacia otomana podía obtener así asistencia extranjera en caso de amenaza sin retribuciones excesivas. Una u más potencias estarían siempre interesadas en evitar que una o más de sus pares incrementase en demasía su influencia sobre los dominios de la dinastía osmanlí. Así, el hombre enfermo de Europa encontraba un eficaz “analgésico” para uno de los principales síntomas de su enfermedadpunto final_it8x12


pastilla_der Notas

[1] Este artículo fue escrito en el marco del programa de movilidad estudiantil Erasmus+ de la Unión Europea, realizado en 2019 en la Universidad de Dumlupinar (Kutahya, Turquía), donde tuve la oportunidad de fortalecer mi formación disciplinar mediante la realización de materias vinculadas a la historia de Turquía y Medio Oriente (del cual forma parte la anterior). Específicamente, este trabajo fue evaluado en el marco del curso Historia de la República Turca I, a cargo de la Dra. Ümmügülsüm Polat.

[2]  La pérdida de la posición de privilegio de los británicos en este esquema será un antecedente fundamental de la Primera Guerra Mundial: ese lugar sería ocupado nada menos que por los alemanes.

[3] Dicho período se corresponde solo con los años en los cuales el Imperio otomano se vio involucrado en estas.

[4] En los 120 años precedentes el Imperio ruso y el Imperio otomano tuvieron seis grandes guerras.

[5] Nombre que recibían los miembros de las prominentes familias griegas de Fanar (Constantinopla, Estambul) (Hurewitz, 1961, pág. 147). Estos ocupaban importantes cargos administrativos, entre los que contaban los de hospodares de los principados del Danubio. Esto último los hacía aparecer ante la población local romaní como opresores extranjeros, lo cual permite entender el desinterés de los mismos en su revuelta (Marriott, 1917, pág. 175).

[6] El Zar se encontraba entonces bajo el consejo del Príncipe Metternich, por lo cual el levantamiento aparecía a sus ojos como una manifestación más del espíritu liberal que la Santa Alianza, en sus esfuerzos restauradores, se prestaba a suprimir (Marriott, 1917, p. 176).

[7] Cuya ambición era extender la influencia que ya tenía sobre el Mediterráneo gracias a la invasión de Argelia (Marriott, 1917, p. 213).

[8] Esta les permitió, a su vez, obtener asistencia técnica y militar para modernizar sus fuerzas armadas. La misión prusiana liderada por Helmuth von Moltke fue el paradigma de la misma (Marriott, 1917, p. 212).

 

bibliografia Referencias bibliográficas

Hurewitz, J. C. (1956). Diplomacy in the Near and Middle East; a documentary record. (Vol. I). Princeton: Van Nostrand.

Hurewitz, J. C. (Primavera de 1961). Ottoman Diplomacy and the European State System. Middle East Jornual, 15(2), 141-152.

Marriott, J. A. (1917). The Eastern question; an historical study in European diplomacy. Oxford: Oxford University Press.

Shaw, S. J. (1976). History of the Ottoman Empire and Modern Turkey, Volume I: Empire of the Gazis: the rise and decline of the Ottoman Empire, 1280-1808 (Vol. I). Nueva York: Cambridge University Press.

Shaw, S. J., & Shaw, E. K. (1977). History of the Ottoman Empire and Modern Turkey: Volume 2, Reform, Revolution, and Republic: The Rise of Modern Turkey 1808-1975 (Vol. II). Nueva York: Cambridge University Press.

 

¿Cómo citar este artículo?

Rodríguez Flores, R. (2020). El hombre no tan enfermo de Europa: la fortaleza diplomática del Imperio otomano en la primera mitad del siglo XIX (1798-1841). Sociales y Virtuales, 7(7). Recuperado de http://socialesyvirtuales.web.unq.edu.ar/el-hombre-no-tan-enfermo-de-europa


Ilustración de esta página: Paz, H. (2020). Soy ese punto rojo. [Grabado collage y técnica digital]. En Sociales y Virtuales y Programa de Cultura (Coords.), exposición artística #YoMeQuedoEnCasa. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes. 

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