La vida ya no era eso

 por Natalia Quintero  

Oh little rose, stand up your voice
Oh little rose, afila your thorn

Fun People, World of hate

Corrí descalza por el campo hasta el día en el que cumplí once años. La mañana siguiente, mi madre me puso unos zapatos que le había dado una vecina y me subió al tren. Yo era la más grande de seis hermanos y la única mujer. La cosa está difícil, dijo. Y se despidió. El viaje a Buenos Aires duró menos de lo que esperaba: lloré tres horas sin entender lo que pasaba o, más bien, por qué pasaba, y me quedé dormida. El guarda me despertó en Retiro cuando ya no había nadie en el vagón.

Entré a trabajar como planchadora en la casa de los patrones. Nunca había visto una plancha, pero una señora grandota y con el pelo blanco me decía cómo hacer y, más adelante, me fue enseñando otras tareas. Al principio fue difícil, me costaba acostumbrarme a los zapatos y añoraba el campo, ese campo infinito en el que me había criado.

La vida en la casa era extraña. La señora solo tenía dos o tres años más que yo y el patrón era un hombre que a mí me parecía un viejo. Se dirigía a ella solo para darle órdenes o gritarle, el resto del tiempo estaba siempre cansado, siempre abstraído. Rara vez se los oía hablar.

Una vez, la patrona me contó que había querido estudiar, tener una profesión, pero que él se lo prohibió. ¿Para qué querés salir vos?, le había dicho. Acá no te falta nada, la calle no es para mujeres de tu condición. Nunca se lo perdonó. Más adelante, le pidió que la dejara participar de alguna manera en la fábrica, aunque fuera con la tarea más simple. Pero él nuevamente se negó. Ella no podía concebir que la vida fuera eso, estar encerrada todo el día, o usar vestidos y sonreír ante los invitados de su marido. Y el constante silencio y la amargura. No, la vida no podía ser eso.

A mí, el patrón me aterrorizaba. Evitaba estar en la misma habitación que él y jamás lo miraba a la cara. Sus reacciones violentas después de su copita de jerez nos paralizaban a todos y cada año que pasaba las cosas estaban peor. Por eso, cuando se enfermó, nadie en la casa estuvo muy apenado. Más bien fue tranquilidad lo que se empezó a sentir. Me daba tristeza la idea de morir así, sin que nadie se afligiera por nuestra ausencia y que en cambio sintieran alivio. Y enseguida, mis pensamientos se iban hacia el campo. ¿Estaría aún allí mi madre? ¿Y mis hermanos? ¿Se apenarían de mi ausencia? ¿Se acordarían alguna vez de mí?

Una mañana, cuando todavía vivía el patrón, la señora me llamó apurada. Estaba muy nerviosa y me dio un papel para que fuera a comprar algo. Quería evitar un nuevo altercado con su marido. Pero yo no sé qué dice acá, patrona, yo no sé leer. Sentí que me miraba de una manera particular que solo una vez más le volví a ver. Pensé que hasta ese día ella no se habría detenido a pensar en las diferencias de nuestras vidas o en que yo sabía muchas cosas del campo pero que nunca había ido a la escuela.

El patrón finalmente murió. La señora se encerró una semana en su habitación pero no derramó una lágrima. No sé por qué ese día me acordé de la historia del gato. Estoy segura de que esa fue la última vez que la vi llorar. Había adoptado un gatito que solía merodear por los alrededores de la casa. Estaba contenta y pasaba las tardes jugando con él. Pero al patrón no le gustaba y una mañana en la que ella lo estaba buscando, le confesó que lo había regalado, gritando que ella sabía bien que no le gustaban esos bichos. Lloró por ese animal como si hubiera perdido el último vestigio de su libertad, lo único que le pertenecía verdaderamente, ese poquito que había podido elegir. La libertad es una mentira, la escuché susurrar una vez entre lágrimas. Y me acordé de las palabras de mi madre, de los zapatos y del tren. Cómo lloré en ese tren en el que yo tampoco había elegido estar.

El ambiente en la casa cambió radicalmente. Ahora se vivía en calma. Y en una de esas tardes de serenidad fue que volví a notar su mirada. Era un atardecer de otoño. Yo caminaba pisando las hojas secas para escuchar su crujido, porque el sonido me recordaba al campo. Cuando levanté la vista en esas calles llenas de gente, noté que en casi todas las paredes estaba el mismo cartel. Le pregunté a la patrona qué significaban esas letras. La mujer puede y debe votar, leyó. ¿Y eso qué quiere decir? Quiere decir que podemos elegir. Y nuevamente se quedó pensativa como aquella vez.

Esa misma noche me llamó y me preguntó si quería aprender a leer, que ella podía enseñarme. No comprendía por qué estaba dispuesta a hacerlo, por qué quería ayudarme. Porque las mujeres debemos luchar por nuestros derechos, tenemos que poder pensar y ser libres, dijo. Me explicó que había grupos pidiendo por el voto femenino y que debíamos luchar por eso, que había oído discursos en la radio y que se había dado cuenta de muchas cosas. Me dijo que todas esas voces que había escuchado en el último tiempo se habían unido en una sola, clara y directa, cuando le había preguntado por las letras de la calle.

Con el paso de los años la casa se había ido vaciando. La mayor parte del tiempo estábamos solas, y al atardecer, cuando terminábamos las labores del día, me enseñaba a leer y también a escribir. A veces sentía que yo la ayudaba más que ella a mí. Tenía un don natural para explicar y se notaba que lo disfrutaba mucho. Su actitud había cambiado rotundamente desde la partida del patrón. Una vez, como al pasar, mencionó que le habría gustado ser maestra, pero que su marido nunca había querido y que, aun así, ya no sentía rencor: ahora, al menos, sabía que era capaz de enseñarle algo a alguien.

Algunos días al mes, iba a unas reuniones con otras mujeres en las que conversaban de varios asuntos. A la vuelta, me contaba de qué habían hablado y me lo explicaba para que yo lo entendiera. Me parecía que se lo repetía a ella misma también, como para terminar de comprenderlo. Discutían sobre el divorcio. El divorcio, me decía, ¡¿podés creerlo?!

Cuando se sancionó el voto femenino estaba fuera de sí. Vamos a poder elegir, repetía.

La vida ya no era eso.

Una tarde llegó con más firmeza que nunca y me dijo que se acercaban las elecciones y que teníamos que empadronarnos para poder votar. Tenés que tener una firma, me dijo. Agarró un papel y garabateó la de ella. Ya no aparecía como antes el apellido de su marido.

La noche anterior a los comicios casi no pude dormir. Quizás fue por los truenos o tal vez los nervios. Me levanté muy temprano y miré por el ventanal. La lluvia caía torrencialmente. Ella tampoco había dormido. Miramos la tormenta en silencio hasta que fue el momento de salir. En la calle pisé, sin darme cuenta, un charco de agua y barro. Una vez más pensé en el campo, los días de lluvia corriendo entre los árboles y mamá que me llamaba para que no me mojara. Siempre era tarde: ya mis pies estaban llenos de tierra y mi pelo empapado caía sobre mis hombros.

Llegamos y vi muchísimas mujeres. Algunas eran como ella, otras eran como yo. Estaba muy nerviosa porque nunca había firmado algo en el pasado, pero todo transcurrió sin sobresaltos y apenas salimos, una alegría indescriptible nos dominaba. Volvimos por las mismas calles por las que habíamos ido y nuevamente pisé el charco, pero esta vez me había sacado los zapatos y tocaba el barro con mis pies, mientras la tormenta nos caía encima.

¡Podemos elegir!, grité. punto final_it8x12


¿Cómo citar este artículo?

Quintero, N. (2021). La vida ya no era eso [cuento corto]. Sociales y Virtuales, 8(8). Recuperado de http://socialesyvirtuales.web.unq.edu.ar/obras-literarias/la-vida-ya-no-era-eso/


Ilustración de esta página: Heger, M. I. (2021). Voces en mi cabeza [grafito y acrílico]. Programa de Cultura de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universitaria de la Universidad Nacional de Quilmes, convocatoria artística “Imaginerías de una lucha”. Bernal: UNQ.

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