No fue magia, fue la UNQ

 por Gabriela Costilla1  

Cuando conocí la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) tenía 18 años. Recién salía de la secundaria. Estaba buscando iniciar una carrera orientada al servicio de la comunidad como Terapia Ocupacional. Al mismo tiempo, estaba cursando el ingreso para el Profesorado de Historia en el Instituto de Formación Docente Nº 83 en San Francisco Solano. Este último no estaba en mis planes, pero justo se había liberado una vacante, porque mi tía se había inscripto allí y no se sentía cómoda, por lo que habló con los directivos de la institución para que me cedieran el lugar. En fin, en aquel momento decidí seguir el camino del profesorado, a pesar de que me estaba preparando para el curso de ingreso.

Pasaron los años del profesorado, que fueron de mucho aprendizaje. Había encontrado una carrera orientada al contacto permanente con la sociedad, pero tenía la necesidad de continuar estudiando Historia. Luego de haberme recibido como profesora en 2009, al año siguiente me anoté en la Licenciatura de Ciencias Sociales de la UNQ, como un paso previo para realizar la maestría, tal como nos habían incentivado los profesores del 83. Si bien tenía que prepararme otra vez para poder ingresar, al menos me decía a mí misma que los exámenes de Lengua y de Comprensión y Producción de Textos los podría superar. Y así fue. Solo me quedaba cursar el eje Lógico-Matemático, que duró un cuatrimestre.

En el segundo período de 2010 comencé, al fin, la licenciatura y lo cierto es que esta hermosa universidad del conurbano superó mis expectativas. En mis años como alumna de profesorado escuchaba comentarios de que los estudiantes eran tratados como números, con profesores distantes, en aulas llenísimas, que nada tenía que ver con la mística del profesorado.  Sin embargo, con el tiempo comprobé que en la UNQ existe la construcción de vínculos humanos, con compañeros dispuestos siempre a darte una mano y con profesores predispuestos a responder tus consultas, dentro y fuera del aula.

Pasaron tres años del ingreso, casi finalizando la Diplomatura en Ciencias Sociales, cuando empezó a circular la incorporación de la Licenciatura en Historia. Hasta ese momento, solo estaba la opción de cursarla en la Universidad de Buenos Aires o en la Universidad de Luján. El hecho de que la carrera de Historia se pudiera cursar en el conurbano sur acercó a profesores de Quilmes, Ezpeleta, Bernal, Florencio Varela y  Berazategui, en el denominado Ciclo de Complementación Curricular. La presentación de mi título fue la clave para ingresar en 2013.

Mis comienzos en esta nueva etapa fueron a paso lento. Todavía me quedaba pendiente finalizar la Diplomatura y aún estaba en mis planes culminar la Licenciatura en Ciencias Sociales. Finalmente, me incliné por Historia, aunque parecía que debía comenzar de nuevo. Aún así, entre compañeros-colegas y profesores hicieron placentera la cursada y me interesé por el estudio de esta disciplina. En el transcurso, me hice un hermoso grupo de amigas: “las Halperinas”, con lo cual nuevamente pude comprobar que la “magia” de las universidades del conurbano tiene efecto. A su vez, los mismos profesores, permanentemente, nos incentivaban a seguir el trayecto de la investigación, a tal punto que nos hacían sentir como sus pares.

En el último tramo de la cursada, quedaba la realización de una investigación para obtener el título como Licenciada en Historia. En este sentido, fue fundamental el Taller de Tesis con Osvaldo Graciano, en donde realicé mis primeros pasos como investigadora con un tema que rondaba hacía años en mi cabeza: el legado del movimiento punk en la Argentina. En su momento, pensé que no tenía sentido, hasta que se lo comenté a la primera directora de la Licenciatura en Historia, Patricia Berrotarán, y me dio su apoyo para continuarlo. Gracias a la dirección de Martín Liut, pude hacer un recorte en tiempo y espacio, ubicando a la cultura juvenil punk dentro de un marco en la historia local y reciente.

Con la aprobación del plan de trabajo, quedaba el desafío más difícil: desarrollar los pasos de la investigación y escribir la tesis. Fueron meses intensos, pues al mismo tiempo se gestaba el proyecto más importante como mujer: el de la maternidad. Aún así, en los meses del embarazo y el puerperio, me encargué de reunir las fuentes, de corroborarlas, de leer y releer la bibliografía y, finalmente, arrancar con la escritura. Claro que todo llevó su tiempo, en el medio necesité una pausa para, luego, reprogramar mi tarea como investigadora. A pesar de tener más dudas que certezas, siempre tuve el aval de Martín Luit, de Silvia Ratto (actual directora de la Licenciatura en Historia) y sobre todo fue fundamental el acompañamiento de mi familia.

Y cuando digo familia me refiero al ejemplo de mis padres en darme la posibilidad de finalizar mis estudios terciarios y comenzar la primera parte de los universitarios, con sus idas y vueltas; a mi compañero, mi esposo Héctor, y mi niña Arianna, quien a su corta edad me enseñó a no bajar los brazos y finalizar mis objetivos.

Soy primera generación de universitarios. Mis padres tuvieron infancias muy duras ya que tuvieron que trabajar a corta edad. Mi papá trabajó a la par de mi abuelo cosechando caña de azúcar y solo realizó la escuela primaria. Mi mamá, en sus primeros años de adolescencia, trabajó cuidando niños y realizando tareas de limpieza. Después de muchos años, ella pudo finalizar sus estudios secundarios en una escuela de adultos. Estas experiencias forman parte de las historias de los que estudiamos en la universidad pública. Sin el apoyo de nuestras familias y la iniciativa propia (que necesita a su vez del sostén de las políticas públicas), no hubiera sido posible iniciar este viaje de ida. El hecho de que tengamos un lugar relativamente cerca nos abre una posibilidad no solo en el sentido geográfico, sino también en la construcción de lazos humanos entre estudiantes, profesores y la comunidad en general. Por estas razones, es necesario abrazar a todas las universidades públicas del país y seguir defendiendo nuestros derechos como legado para las generaciones futuras. punto final_it8x12


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[1] Gabriela Costilla. Licenciada en Historia. Universidad Nacional de Quilmes.

 


Ilustración de esta página: Cortés, Roberto (2017). El nacimiento de un hombre huevo (fragmento).

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