Lectores de entrecasa

Por Stella Maris Cao Stella Maris Cao

Resumen

Tomando como punto de partida el libro de Ricardo Piglia El último lector (2010) que se podría definir como una suerte de mise en abyme en la que el autor habla de lectores de textos y de textos sobre lectores, en el presente artículo me propongo recopilar —más allá de cualquier consideración teórica— algunas tipologías descriptivas de aquellos que no aparecen en aquel libro, tal vez por tratarse de lectores cotidianos, comunes, de entrecasa…

Palabras claves: lector, literatura, tipología, acto de lectura.

comienzo-citas “¿Cómo establecer el momento preciso en el cual comienza una historia? Ya todo comenzó antes. La primera línea de la primera página de cada novela remite a algo que ya sucedió fuera del libro. O bien, la verdadera historia es la que comienza diez páginas más adelante y todo lo que precede es solo un prólogo”.

Ítalo Calvino, “Si una noche de invierno, un viajero” traducción de la autora.

El libro de Ricardo Piglia El último lector (2010) propone un collage de escenas de lectura que permiten descifrar algunas de las maquinarias secretas que subyacen a la creación literaria. Se trata de una suerte de mise en abyme en la que el autor habla de lectores de textos y de textos sobre lectores… De hecho, son numerosas las referencias literarias a personajes lectores y son abundantes también los intentos de prohibir el acto mismo de la lectura.

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha enloqueció por leer libros de caballería.

El lector anónimo (la palabra no es apropiada; más correcto sería nombrarlo como el lector que tiene siempre el nombre adecuado) escapa de su lugar meta-textual para transformarse en protagonista de una historia de amor en Si una noche de invierno, un viajero, de Ítalo Calvino.

En “La muralla y los libros”, Borges relata cómo el emperador chino Shih Huang Ti construye una muralla en torno a su imperio y ordena que sean quemados los libros anteriores a él.

La Iglesia Católica promulgó en 1564 el Index Librorum Prohibitorum y en una de sus cuarenta ediciones, entre tantísimos otros libros, curiosamente se incluye la Crítica de la razón pura de Emanuel Kant (¿acaso un best-seller del siglo xviii?). Violar la prohibición de la lectura implicaba la excomunión.

En Análisis fragmentario de una histeria: el caso Dora, de Sigmund Freud, la protagonista lee la Fisiología del amor de Paolo Mantegazza y esto es esgrimido como un “exceso de lectura” que la excita sexualmente.

En la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco, un monje ciego, biblio­tecario, custodia celosamente el único ejemplar del Volumen II de la Poética de Aristóteles, que trata sobre la risa.

Queda claro: leer puede convertirse en un acto de rebelión. Es desestabilizante, desacomoda nuestra cotidianidad, puede tornarse incluso una acción subversiva.

Roland Barthes en El placer del texto (1978) hace una importante distinción que echa luz sobre esta posibilidad:

comienzo-citas Texto de placer: el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje. (p.22)

Quizás, más que cifrar el placer o el goce en la “materialidad” del texto, sería más pertinente ubicarlos en el acto mismo de lectura…

De todas maneras y más allá de cualquier consideración teórica, hoy prefiero limitarme a recopilar algunas tipologías descriptivas de lectores que no aparecen en el libro de Piglia: tal vez por tratarse de lectores cotidianos, comunes, de entrecasa… Algunos surgen de mi propia experiencia, otros nacieron de intercambios con amigos. Por supuesto, la enumeración dista de ser exhaustiva.

El lector impaciente

Los hay de diversos tipos: el famoso “lector salteado” de Macedonio Fernández; el lector de solapas y contratapas; el que, para ganar tiempo, solo lee las primeras y las últimas páginas. Esto es sumamente útil en los policiales, ya que permite descubrir al asesino apenas unos instantes después de haberse enterado del crimen.

El lector pentagramático

El lector pentagramático suele ser de naturaleza gregaria. Lo vemos reunirse con otros para llevar a cabo un ritual de lectura comunitaria. El grupo porta extrañas herramientas confeccionadas con diversos materiales, lo que convoca la curiosidad de quienes aspiran a ser testigos de lo que está por suceder. De pronto, de común acuerdo, comienzan a leer esos textos crípticos, mientras juegan con sus artefactos, acariciándolos, golpeándolos, pellizcándolos o sorbién­dolos con cierta amorosa delectación. El resultado es prodigioso: el espacio que los rodea se puebla de imágenes sin color ni forma, de misticismo, de épicas gloriosas, de duelos inacabados, de colosales diseños arquitectónicos hechos de tiempo.

Si a alguien llegara a interesar ser un testigo más de esta sorprendente ceremonia, debe saber que se realiza en distintos templos de Capital Federal y del mundo; uno de los más famosos es el que se conoce como “Teatro Colón”.

Algunos llaman “músicos” a estos extraños lectores. Yo, en cambio, creo que lo que hacen… no tiene nombre.

El lector vectorial

La categoría del “lector vectorial” me fue sugerida por un amigo. La lectura vectorial sería aquella en la que el acto mismo de la lectura, cumplido o meramente imitado, tiene el sentido de un medio para un fin. Un ejemplo sería el siguiente, relatado por el mismo creador de esta categoría:

comienzo-citas Estoy pensando en la lectura del Ulises de Joyce en un detal de una compañía de Campo de mayo, durante la colimba. Se trataba de que había orden, o media orden, o semi-buena onda de parte del suboficial principal, o lo que fuere, pero el caso es que no te jodían cuando ‘estudiabas’ en la oficina después de que el capitán se tomaba el buque. Así que, para que no me jodieran, ponía cara de purgatorio (para que no pensaran que la lectura te daba placer) ponía pesadamente el mamotreto sobre el escritorio y le seguía el paso al infeliz de Bloom y a la degeneradita que le hacía de Circe.

El lector de bibliografía

En esta categoría, los libros pierden su tapa, su lomo, sus referencias de identidad. Además, se fragmentan por partes o capítulos, que se replican muchas veces ad infinitum bajo la forma de la fotocopia. Su peso específico está dado por la cantidad de páginas por leer y destacar con resaltador.

Triste destino para el libro, cualquiera sea, es caer en manos de estudiantes que lo enfrentan con malhumor, indiferencia o franco desdén. Será por eso que, a veces, estas réplicas comienzan a ajarse; en numerosas ocasiones el negro de sus letras comienza a decolorarse hasta llegar a confundirse con el fondo.

El más afortunado, quizá, sea el libro cuyas copias tengan como último destino a una niña que juega a la maestra, o a un adolescente que lo haga remontar vuelo convertido mágicamente en avioncito de papel. Porque, se sabe, la lectura existe para azuzar la imaginación, la creatividad, la fantasía. Y creo que, antes que un destino de desdeñosa obligación, un texto siempre preferirá negarse a sí mismo y donarse como papel a las manos de un niño, confiando que el pequeño aún no ha sido despojado de toda su magia creadora y, por tanto, le devolverá al texto parte de la suya propia.

El lector-escucha

Se trata del lector que asiste como oyente al acto de lectura del otro. Puede deberse a una deficiencia física, a pura apatía…

Existen fragmentos de antiguos relatos que permiten recordar que alguna vez una lectora incipiente, a falta de público que la escuchara, leía para su tortuga. Esta última, para el caso, solía ser adecua­damente dada vuelta para lograr en ella una mejor predisposición a la escucha.

Quién sabe de cuántas ilusiones, romances y aventuras el animalito fue oyente… La verdad es que nunca pudo saberse, dada la imposibilidad de los quelonios para aplaudir, cuáles fueron los textos que la tortuga más disfrutó.

El lector imposible

En su libro, Ricardo Piglia hace un recorrido por la novela policial, para proponernos a personajes como Auguste Dupin —de Edgar Allan Poe— o Philip Marlowe —de Raymond Chandler— en tanto figuras lectoras por antonomasia: se trata de detectives capaces de “leer” indicios de la realidad que para otros pasan inadvertidos, conectarlos a partir de la razón, y descifrar así la estructura lógica de un crimen para desenmascarar a su perpetrador.

En la misma línea de los “indicios de realidad”, me atrevería a reconocerme, a partir de mi propia experiencia, como la lectora imposible de ciertos libros que nunca serán escritos. Y es porque atesoro la convicción de que, a lo largo de nuestra vida, algunos de nosotros tenemos la fortuna de toparnos con un puñadito de personas capaces de lograr que lo cotidiano adquiera ribetes extraordinarios. Seres que, como Dupin o Marlowe, no carecen en absoluto de un raciocinio refinado, pero lo ponen al servicio de la creación circunstancial, efímera: de entrecasa. No hace falta más que un poco de imaginación. Junto a ellos, por ejemplo, una plantita ignota y nacida de manera espontánea en el jardín, antes de lograr su clasificación taxonómica (urticaurens) y ser incorporada así a la cultura de la realidad —ese delirio compartido—, puede volverse condensadora de ignorancias —como un Aleph invertido— y suscitar mitos lúdicos. Por unos días, la fantasía nos devuelve a la niñez. Es que no cabe duda: por el diseño de la hoja, se trata de un reptil embrujado, condenado a un presente clorofílico e inmóvil.

Son rigurosos investigadores de lo absurdo, nos muestran cómo ese individuo que reflejan los espejos no es más que un burdo Muynoyó:basta con comprobar la torpeza con la que intenta imitarnos, siendo zurdos si uno es diestro y viceversa.

Son seres mágicos que hacen surgir nostalgias de épocas en las que no se ha vivido y de lugares por los que jamás se transitó; que sugieren haber sido plagiados por el inefable Macedonio, aun antes de que ellos mismos nacieran: lo convierten así en el perpetrador del crimen más perfecto.

En verdad, hay libros que jamás serán escritos. Autobiografías fragmentarias de personas comunes y corrientes, pero que han encontrado la manera de dejar una traza lúdica hecha de palabras, una estela de curiosidad —huella de deseo— en quienes los van conociendo: al menos en algunos, que sintonizan con las ganas de jugar. Autobiografías que nunca serán escritas, porque estas personas suelen pensar que no tienen mucho para contar de sí mismas. Prefieren, por tanto, la comunicación interpersonal, y en el diálogo, permiten al otro, devenido súbitamente lector, desentrañar la belleza de ese texto eternamente inédito, de esa literatura oral, espontánea y surrealista…

No sé si me corresponde escribir estas historias mínimas. Pero quizá algo de esto sea transmisible y, alguna vez, alguien pueda leer algo en mí que haga mágico, o quizá solo un poco menos terrible, el día a día.

Tal vez sus historias estén condenadas a la narración oral hoy, a las penumbras de la memoria mañana y, finalmente, al olvido. Pero, mientras tanto, estas biografías fragmentarias están, a la manera de un tatuaje, impresas en mí. punto final_it8x12


bibliografia Referencias

Barthes, R. (1978). El placer del texto. México: Siglo xxi.

Piglia, R. (2010). El último lector. Buenos Aires: Ed. Anagrama.


 ¿Cómo citar este artículo?

Cao, S. M. (2014). Lectores de entrecasa. Sociales y Virtuales, 1(1). Recuperado de <http://socialesyvirtuales.web.unq.edu.ar/articulos-de-los-estudiantes/lectores-de-entrecasa/>

Ilustración de esta página extraída de: Bavio, C., Chozas, M. y Falbo S.  (2002). Antología 7. Serie puntos suspensivos. Editorial Kapelusz, Buenos Aires.

art01_tapa

Print Friendly, PDF & Email

Revista Digital